Sínfonias del alma (I)

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Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera

y seguiría descalzo hasta concluir el otoño. Daría más vueltas en calesita,

contemplaria más amaneceres,

y jugaría con más niños,

si tuviera otra vez la vida por delante.

Pero ya ven tengo 85 años…

y sé que me estoy muriendo.

J.L. Borges

 

 

Otto estaba sentado, en el alféizar de la ventana de madera azul que el sol y el viento habían ido destiñendo con el paso de los años. Sus pequeños pies colgaban y se balanceaban graciosamente —adelante y atrás, adelante y atrás…— creando un ligero compás, sus extremidades suspendidas iban trazando círculos invisibles en una hermosa danza inaudible. Aquel, era su lugar preferido de la vieja casa de campo. Allí, se pasaba las horas observando el paisaje y como los diferentes elementos de la naturaleza se iban integrando; creando un particular mosaico, una única sinfonía llena de contrastes, olores, colores y formas. Otto, adoraba que le contaran historias, sus preferidas eran las de aventuras y misterios, a veces soñaba despierto que viajaba en un barco pirata surcando océanos y econtrando remotos tesoros. En otras ocasiones pilotaba un avión y descubría lejanas tierras. Su imaginación no conocía límites.

Su madre, de vez en cuando, se inventaba cuentos antes de irse a dormir, le encantaba compartir con ella ese momento justo al final del día. A ella, le encantaba ver como sus ojos se iban cerrando poco a poco, cabeceaba hasta quedarse dormido. Entonces suavemente, le sacaba el gorro pirata, el barco de papel o la espada de madera, según fuera la ocasión, le sonreía y le deseaba miles de sueños repletos de fantasías y aventuras.

Mamá, ¿me cuentas un cuento?—dijo Otto desde el alféizar— Ella miró a través de la ventana azul, esa noche la luna llena parecía el ojo de un pez, misteriosa ella le sonrío y le respondío —como cada vez que iba a contarle una historia— con… Y así empieza este viaje a lo desconocido…, ¿eres valiente? le preguntaba; —¡Sí!— respondía él. Y entonces se acercaba sigilosamente y siempre le hacía cosquillas porqué la alegría —le decía— era la mejor compañera para empezar a andar por sendas inexploradas y que inevitablemente iban acompañadas de luces y sombras.

Y así empieza este viaje… se requiere valor para cruzar más allá de la tierra que uno conoce, del paisaje de ideas y de la paleta de emociones manidas; y es justo más allá de ésos límites dónde, en esa parte del vergel, nos aguardan sabrosos frutos aún por descubrir. Esa noche el cuento de Otto, empieza en una ciudad de costa, repleta de casas, de gente, de coches, de ruidos, de hilos rojos y de historias que se entrecruzan. Y en noches de luna llena en la ciudad, si uno escucha atento, entre susurros se puede oír la belleza de la imperfección el Wabi-sabi. Pues el Wabi-sabi es la quinta esencia de la estética japonesa. Es la belleza de las cosas imperfectas, mudables, incompletas. Es la belleza de las cosas modestas y humildes. Es la belleza de las cosas no convencionales… Como la naturaleza, como tu, como yo, como cada persona en este planeta—le dice su madre—. La protagonista de esta historia encarna, el Wabi-sabi, pues padece una rara enfermedad y ciertas zonas de su piel són bastas, duras, ásperas, irregulares y rojizas… uno al verlas le pareciera estar oteando las escamas de un dragón. Muchos médicos y especialistas tratatatron de curarla, cada intento fue fallido y sólo hizo empeorar el estado su piel. La zona que más impresionaba era el lado izquierdo inferior de su tez, que siempre permanecía cubierta por una tela de algodón rojo. Ella se llama, Coral, su nombre pareciera haber intuido la llegada de los islotes rojo carmesí que pronto recubrirían gran parte de su fisonomía dibujando a su antojo valles y montañas. Había días en los que el picor y la quemazón eran insoportables, la cólera la consumía y no podía evitar rascarse, sobre su piel de escamas se desdibujaban ríos escarlata. Se sentía imperfecta, incompleta, diferente…

Hacía unos minutos que su madre iba observando como poco a poco los ojos de Otto se entornaban vencidos por el cansancio, ya entre dos mundos, su voz fue lentamente descendiendo hasta ser apenas un susurro en la noche. Suavemente le quito de su mano el cochecito de carreras, verde, —de madera— con el número 6, un regalo que su padre le había dado en su último cumpleaños. Unos pocos metros, en la distancia que les separaba, Otto descansaba ya arrullado por sus sueños. Ella le sonrío, le cubrío con la cálida manta de lana color mostaza y le deseo miles de sueños llenos de fantasías y aventuras. Salió descalza acariciando con cada paso el tibio suelo de madera sin hacer apenas ruido, como si en cada paso tocara con exquisita delicadeza las teclas de un piano translúcido y apagó la luz tras de si. Pensativa, observó la luna llena en el cielo, evocó su niñez, sus trenzas rojizas, su tez pecosa, sus níveos pies descalzos en contraste con la negritud de la tierra mojada… en momentos así su niña se balanceba sobre las ramas de los árboles. Imaginaba que en algun lugar de la noche, donde el espacio y el tiempo se diluían, ella y su hijo jugaban y compartían. Quizas esta noche… —pensó mirando la luna llena— tal vez continuemos tejiendo la historia de Coral, tras sueños salinos plagados de oscuridad y preñados de estrellas.

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La edad del Cielo. Jorge Drexler

No somos más

que un puñado de mar,

un capricho del Sol,

del jardín del Cielo.

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