poner la colada

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Abro mis ojos y observo a mi alrededor, nada fuera de lo habitual: me levanto, desayuno, escribo, preparo la comida y pongo la colada.

Sentada, en una silla Ikea de plástico roja, descanso junto a una pequeña mesa blanca de canto redondeado, en el extremo derecho de la cocina —junto a la puerta de madera—; mientras en el fuego se va cociendo poco a poco la comida; el ‘arroz con espinacas’ es mecido a fuego lento, mimado por la vieja vasija de barro rojizo de la abuela de Ester —mi compañera de piso—. En el exterior todo parece igual, dirijo mi mira al interior. Sin espectativas tan sólo miro. Y por primera vez en mucho tiempo lo siento en mi cuerpo, en mis células latiendo como un eco: ‘no hay prisa’. Me repito la frase, ‘no hay prisa’. Degusto una nueva qualidad del tiempo —tiempo de vida—, paladeo esta nueva calidad en el devenir, dispongo de cada segundo, minuto, hora de mi vida para SER. Nadie puede darme o quitarme cómo elijo vivir. ¿Desde dónde escojo mi vida? Hoy elijo darme vida desde: la alegría, la serenidad, la aceptación, la entrega, la bondad, la apertura, la vulnerabilidad. Me permito abrazar mi dolor, disfrutar del amor y compartir; celebrar la vida y acurrucarme en la muerte. Como un rayo que ilumina la oscuridad me doy cuenta que me he pasado la mayor parte del tiempo corriendo, en tensión, persiguiendo al tiempo compulsivamente, con miedo, con culpa; le he seguido ciega, sorda, muda —a tientas con mis pies descalzos— funambulista pendo tras pequeñas manecillas. Desnutrida por el miedo, las dudas, la incertidumbre. Enredada tras frenéticas carreras donde nunca encuentro tiempo para: el descanso, la serenidad, la paz, la alegría. Como una nimia perla de sacarina disolviéndose en una taza de café. Paralizada —atrapada— me disuelvo, yazgo en lugares en los que no soy feliz, donde no me siento nutrida. Náufraga tras cantos de sirenas me prometo un día cambiar, y sigo postergándolo. ¿Cómo decido vivir? Me observo a punto de cruzar un abismo de incertidumbre —lo desconocido se abre ante mi— ya casi piso la orilla opuesta de la montaña, territorio vírgen, donde (re)descubrirme desde otras miradas. Y elijo cruzar con: mis dudas, mis miedos, mi alegría, mi dolor, mis prejuicios. Agradeciendo cada aprendizaje, cada personaje, cada idea, lugar, situación como parte única de mi camino, de mi evolución. Y un basto territorio, un vergel, se abre ante mis ojos. Y algo en mi interior me dice que hay otra manera de vivir mi vida más plena y una chispa aparece, tintinea y me inivita a avanzar, a pesar de mi.

Y una frase se cuela entre las costuras de mi piel:

‘La felicidad no es un estado al que llegar sino una forma de viajar’.  Margaret Le Runbeck

Y viajo de regreso a lo cotidiano y pongo la colada.

26

Sueño con un basto Jardín,

descanso en sus prados,

bebo de sus aguas,

danzo con magníficas criaturas,

a veces en sueños

me cuelo en el Jardín de las delicias,

del Bosco.

bosco1

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2 pensamientos en “poner la colada

  1. Un maravilloso post.
    Me reconozco en todos y cada uno de los pensamientos y procesos que describes y te agradezco profundamente la inspiración y la verbalización de tantas inquietudes.

    Y pongo la colada.

    Namasté.

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