libertad

En una fría y estrellada noche de confidencias y ambrosia intrépidos marineros de las costas del Mar Salvaje me contaron esta vieja historia. Me aseguraron que era verdad.

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Me dijeron que existe una extraordinaria ave llamada Libertad. Y la siguiente fue sin duda una de sus mayores aventuras.

Libertad -una joven cacatúa azul- vatía sus alas celestes con fuerza mientras surcaba una gran nube oscura. Su corazón palpitaba sin parar. Sin percartarse en el cielo se habían ido acumulando nubes grises. Ahora, el viento aullaba con fuerza y el estallido de la tormenta era inminente. La oscuridad poco a poco la fue rodeando, sólo podía avanzar moviendo sus alas al compás de su corazón. Aquella mañana se había despistado de su bandada, mientras observaba emocionada el gran azul, y así se fue alejando cada vez más. Desorientada, cansada y asustada era incapaz recordar el lugar exacto donde los había visto por última vez. Libertad vatía con fiereza sus alas y cada nueva ráfaga de viento la descontrolaba bruscamente. Cuanto más se esforzaba por mantener el rumbo menos avanzaba y más agotada estaba incapaz de soltar. Vencida ya por el titánico esfuerzo se dejo caer y empezó a descender, dando bandazos, a una velocidad vertiginosa. Caía y caía a gran altura. Aquellos mismos metros que en su agónica y ciega huida había ido ganando. Y fue en ese instante de rendición, de aceptación, de entrega, de muerte donde realmente encontró lo que tanto había buscado. Su corazón empezó a latir con fuerza, golpeando su pecho. Y de repente todo desapareció: su cuerpo, su corazon, el frío, el miedo, la caída. Silencio y paz tejían cada espacio, partícula a partícula. Tanto esfuerzo por volar y la clave residia en dejar ir. Dejar ir, dejar ir… iba repitiendo -no quería olvidarlo si sobrevivía-. Envuelta en la oscuridad tuvo un sueño sin sueños. Poco a poco, empezó a sentir su cuerpo magullado y mojado que el sol entibiaba. Lentamente, fue recuperando la visión y se dió cuenta que había llegado a una preciosa isla. A lo alto de unas exuberantes palmeras la miraban curiosas unas magníficas aves multicolor. Cuanta belleza la envolvía, poco a poco se fue incorporando y se miró sus alas. Cual fue su sorpresa al ver que de las puntas de sus plumas vetas multicolor empezaban a emerger. ¿Dónde demonios había aterrizado?

Y por un instante escucho tras el latido de su corazón una certeza: deja ir, deja ir, deja ir…

Y dicen que a veces avezados soñadores llegan hasta las costas de estas maravillosas aves y que el viento susurra entre sus plumas multicolor: deja ir… quien eres, deja ir… lo que haces, deja ir… lo que tienes, deja ir… lo que quieres, deja ir… tus planes, deja ir… tus juicios. Deja ir…

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2 pensamientos en “libertad

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